La mirada poética tiene la capacidad de desentrañar los más oscuros rincones y develar la cara más auténtica y original del lugar en que se pose. En este caso, la ciudad.

Más lúcida, más profunda y más visionaria. Mirada que se mira a si misma y al otro. Mirada que mira la ciudad y la otra ciudad que, en última instancia, es más verdadera porque articula, no solamente su historia y su arquitectura, sino la de sus habitantes. Mirada que permite reconocer cuerpo. Pero también alma, espíritu.

Dejando ver su anatomía, la ciudad sufre transformaciones. La ciudad respira. La ciudad está viva y tiembla. Se acomoda a los cambios producidos por la naturaleza. Deja pasar el río por su cuerpo, rompiendo y desgarrándolo y después, la ciudad se reacomoda para seguir cobijando.

Se acomoda a los cambios producidos por el habitante. Presta su espacio a la hojota y al taco aguja.

Una ciudad es muchas ciudades. Una ciudad física, hecha de edificios, calles, plazas, parques, puentes... y esa misma ciudad, es también una ciudad humana, de relaciones, que se va construyendo también con lo que los habitantes hacen: pasear, trabajar, amar, matar... y esa misma ciudad, es también la ciudad de los imaginarios, del modo en que cada persona vive y/o se imagina las otras dos ciudades.

Una ciudad necesita de varios escritores. Una ciudad es tantas ciudades como escritores que la escriben. Y en Bolivia como en cualquier parte del mundo, la literatura urbana responde a las estéticas, a la historia personal, al modo de estar y ver la ciudad, al imaginario de cada escritor. Y además el escritor responde, quiera o no, a ser la voz de la ciudad física, la voz de la ciudad humana y la voz de los imaginarios.

El escritor construye la ciudad a medida que esta se ofrece a su paso, a su mirada, a la mirada poética que la sitúa en el mundo, ante los ojos del otro.

Y el otro es el “otro boliviano” y también el otro “no boliviano”.

Presenta una historia que da cuenta de una identidad particular pero que tiene la capacidad de trascender y ser mirada (leída) y procesada de manera que, en el lector va configurando una identidad que puede ser reconocida como suya o como del “otro”.

El escritor reinventa el pasado, el presente, el futuro. Dice, escribe lo que no ha sido dicho por los discursos oficiales, poniendo en escena lo oculto, lo dormido y lo negado en la conciencia de los habitantes. Los amores y desamores, los combates, las derrotas, los atropellos, las pequeñas victorias. El escritor hace más soportable la realidad y nos propone un espejo donde nos reconozcamos, nos identifiquemos y, ojala, tomemos conciencia de los procesos, de nuestros procesos.

Los escritores escriben ciudades. Construyen sus imaginarios. Sabemos que Buenos Aires no es sin Sábato. Montevideo no es sin Onetti, Río de Janeiro sin Rubem Fonseca, Santiago sin Donoso, Lima sin Vargas Llosa, la Habana sin Lezama Lima, México sin Carlos Fuentes, La Paz no es sin Jaime Saenz, etc.

Y están las ciudades “literarias” como Macondo, Comala o Santa María que representan, en el imaginario de los propios habitantes y en el imaginario universal, una percepción de identidad latinoamericana.

Así, lo real arma un imaginario y el imaginario arma una realidad.

La literatura urbana responde a miradas particulares y a escenarios determinados. La ciudad que se dibuja en el texto es y no es una ciudad específica. Pueden ser ciudades que, por ser escritas desde una identidad reconocida, son identificables en el imaginario nacional como ciudades bolivianas y en el imaginario universal, como ciudades latinoamericanas.

Los imaginarios nos muestran que la experiencia urbana contemporánea no es un solo corpus, sino que está fraccionada y que, por tanto, en una ciudad hay muchas ciudades con sus identidades y con sus imaginarios formados por las diferentes miradas: la ciudad de los hombres, de las mujeres, de los homosexuales, de los niños, de los viejos, de los ricos, de los pobres, etc.

La literatura urbana que se ha escrito en Bolivia desde la primera novela, poesía, cuento o crónica, hasta esta madrugada, en un sitio cualquiera, son los textos que van construyendo nuestras ciudades, nuestra identidad y nuestros imaginarios de múltiples estéticas y desde infinitas miradas.

Y ahí está también la Bolivia contemporánea. La que sale del encasillamiento típico y folclórico de país altiplánico, (no se porqué, pero cuando se nombra a Bolivia, en el imaginario universal corresponde a país altiplánico ignorando absolutamente nuestra condición de selva, trópico y valle) de país de indios, de país atrasado, de país pobre e inculto. Pero también están surgiendo con fuerza identidades que ya no se limitan a la anécdota turística y exótica. Identidades que representan el cruce de lo ancestral con lo moderno y que generan una visión diferente del boliviano.